China - Estados Unidos y la Trampa de Tucídides: el siglo XXI frente al espejo de la historia
La historia humana está llena de imperios que no pudieron escapar de esta lógica. La guerra.
Cuando el presidente de Xi Jinping mencionó frente a Donald Trump la llamada “Trampa de Tucídides”, no estaba realizando una simple referencia académica ni una frase elegante de diplomacia internacional. En realidad, estaba lanzando una advertencia histórica al mundo entero: cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, el miedo, la desconfianza y la competencia pueden empujar a ambas hacia el conflicto.
La idea proviene del historiador griego Thucydides, quien narró la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Su famosa conclusión quedó grabada para la posteridad: “el ascenso de Atenas y el temor que eso provocó en Esparta hizo inevitable la guerra”. Dos milenios después, el politólogo de Harvard Kennedy School, Graham Allison, retomó esta tesis para explicar la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos. Allison estudió dieciséis casos históricos de potencias emergentes enfrentándose a potencias dominantes; en doce de ellos, el resultado final fue la guerra.
La historia humana está llena de imperios que no pudieron escapar de esta lógica.
Atenas desafió la hegemonía militar y política de Esparta. El resultado fue una guerra devastadora que destruyó el equilibrio del mundo griego.
La Alemania imperial desafió a la hegemonía británica a comienzos del siglo XX y Europa terminó incendiada en la Primera Guerra Mundial.
Japón emergió como potencia industrial y militar en Asia desafiando el orden anglosajón del Pacífico; el desenlace fue Pearl Harbor y la Segunda Guerra Mundial.
Incluso la rivalidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos durante la Guerra Fría estuvo al borde de caer en esa trampa, especialmente durante la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962, cuando el planeta estuvo literalmente a minutos de una guerra nuclear.
Lo verdaderamente importante es entender que la “trampa” no surge solamente por ambición. Surge por percepción de amenaza. Aquí aparece un concepto profundamente weberiano: el poder nunca es únicamente capacidad material; también es percepción psicológica, legitimidad y voluntad política. Max Weber ya advertía que los Estados actúan bajo racionalidades de poder y supervivencia. Cuando una potencia dominante siente que perderá control económico, tecnológico o militar, tiende a reaccionar defensivamente.
Eso es exactamente lo que estamos viendo hoy.
China dejó de ser únicamente “la fábrica del mundo”. Ahora disputa liderazgo tecnológico, inteligencia artificial, rutas marítimas, infraestructura global, monedas digitales, energía y cadenas de suministro estratégicas.
El proyecto chino ya no es solamente económico; es civilizatorio y geopolítico.
Estados Unidos, por otro lado, continúa siendo la principal potencia militar, financiera y cultural del planeta. Controla alianzas estratégicas, el sistema financiero internacional, el dólar como moneda global y una red militar sin precedentes. Pero observa con creciente preocupación cómo China avanza en sectores considerados estratégicos: semiconductores, telecomunicaciones, energía, transporte, puertos y comercio global.
Aquí aparece el núcleo del problema: ninguna gran potencia acepta fácilmente dejar de ser dominante.
Por eso las tensiones alrededor de Taiwán son mucho más que un problema territorial. Taiwán representa tecnología, geopolítica, control marítimo y orgullo nacional. Para China, es una cuestión histórica y de soberanía. Para Estados Unidos, es una pieza fundamental del equilibrio estratégico en Asia-Pacífico. Xi Jinping dejó entrever precisamente eso al advertir que el manejo incorrecto del tema taiwanés podría llevar a “choques e incluso conflictos”.
Sin embargo, hay una diferencia clave entre el siglo XXI y las guerras del pasado: hoy ambas potencias están profundamente interdependientes. China necesita mercados globales, estabilidad financiera y acceso tecnológico. Estados Unidos necesita manufactura, deuda financiada y cadenas logísticas vinculadas a China. En otras palabras, destruir al adversario también significaría autolesionarse.
Esa es quizá la única esperanza de escapar de la trampa.
Desde una perspectiva de ciencia política contemporánea, autores como Francis Fukuyama y Amartya Sen han insistido en que las sociedades modernas dependen cada vez más de estabilidad institucional, cooperación económica y legitimidad global. Una guerra abierta entre China y Estados Unidos no sería una guerra regional; sería una crisis planetaria de energía, comercio, alimentos, tecnología y finanzas.
Por eso Xi no habló solamente como líder chino. Habló como estratega histórico.
El mensaje implícito fue claro: “la historia demuestra que las potencias suelen terminar guerreando; la pregunta es si tendremos la inteligencia suficiente para evitar repetirla”.
Y aquí aparece una lección que países como nuestro amado Perú que no debemos ignorar.
Las naciones pequeñas o medianas suelen convertirse en escenarios indirectos de disputa entre grandes potencias. América Latina ya está entrando en esa competencia mediante infraestructura, minerales estratégicos, puertos, tecnología, energía y financiamiento. El verdadero desafío para nuestros países no es elegir fanáticamente entre Washington o Pekín, sino construir soberanía nacional inteligente. De esto ya he hablado en anteriores editoriales, desde tecnología militar a sectores estratégicos como el gas y petróleo.
Porque cuando las grandes potencias compiten, los países débiles que carecen de proyecto nacional terminan subordinados.
La historia enseña que la Trampa de Tucídides no destruye únicamente imperios; también arrastra a pueblos enteros que nunca comprendieron el tamaño del conflicto que ocurría frente a ellos.
Y quizás esa sea la pregunta central de nuestro tiempo:
¿será el siglo XXI recordado como la era en que la humanidad logró superar la lógica histórica de las guerras entre potencias… o como el momento en que volvió a caer en ella?
Solo el tiempo logrará darnos luz al final del túnel, mientras tanto a los patriotas peruanos luchar por seguir construyendo paz con soberanía y justicia social para nuestros pueblos y futuras generaciones.
Dios bendiga a los peruanos
Harry Peralta
Mg. Gobierno y Políticas Públicas