Huanta, Velasco y el día más triste de un patriota
La canción Flor de Retama no nació para glorificar la violencia terrorista. Nació como un canto de duelo, memoria y dolor popular
La historia del Perú está llena de hombres que quisieron transformar la patria y terminaron enfrentándose a las contradicciones de su propio tiempo. Uno de ellos fue Juan Velasco Alvarado. Para millones de campesinos, Velasco significó dignidad, Reforma Agraria, soberanía nacional y el intento más serio del siglo XX por desmontar el viejo Perú oligárquico. Pero incluso los proyectos más patrióticos pueden cometer errores profundos cuando el poder deja de escuchar al pueblo.
Y probablemente el día más triste de la historia política de Velasco fue junio de 1969, en Huanta y Huamanga, Ayacucho.
Aquella tragedia nació a partir del Decreto Supremo 006-69, emitido por el régimen militar, que establecía el cobro de cien soles a los estudiantes de colegios públicos que desaprobaran cursos. En Lima quizá parecía una medida administrativa. En los Andes pobres del Perú profundo significaba otra cosa: expulsar de las aulas a hijos de campesinos que apenas podían sobrevivir.
El error no fue solamente económico. Fue político, social y moral.
Velasco había entendido la cuestión agraria, pero en Huanta no comprendió algo elemental: para los pueblos olvidados del Perú, la educación pública gratuita era la única puerta hacia la dignidad. Cobrarle a un campesino pobre por el fracaso escolar de su hijo equivalía, en la práctica, a condenarlo nuevamente al atraso histórico.
Entonces ocurrió lo inevitable.
Estudiantes secundarios, padres de familia, maestros, campesinos y organizaciones populares salieron a protestar en Ayacucho y Huanta los días 21 y 22 de junio de 1969. La movilización creció rápidamente porque el decreto fue percibido como una agresión contra los pobres. La respuesta del Estado fue brutal: fuerzas policiales y represivas ingresaron violentamente a la ciudad. Hubo disparos, persecuciones y muertos. Las cifras varían según las fuentes, pero todas coinciden en que la represión dejó decenas de víctimas, muchos de ellos jóvenes estudiantes.
La llamada “Gesta Huantina por la Gratuidad de la Educación” quedó marcada con sangre en la memoria del Perú andino.
Y aquí aparece una verdad que el país necesita recuperar con serenidad histórica.
De aquella tragedia nació la canción Flor de Retama, compuesta por el maestro ayacuchano Ricardo Dolorier en homenaje a los estudiantes y pobladores asesinados. No nació para glorificar la violencia terrorista. Nació como un canto de duelo, memoria y dolor popular.
Durante los años del terrorismo, Sendero Luminoso se apropió de múltiples símbolos populares andinos, entre ellos canciones de protesta y de memoria colectiva. Pero una organización terrorista no tiene derecho a secuestrar la historia cultural del pueblo peruano. Que los terroristas hayan utilizado una canción no convierte automáticamente a esa canción en terrorista. Si así fuera, tendríamos que borrar media historia latinoamericana de música social y popular.
“Flor de Retama” pertenece al dolor de Huanta, no al fanatismo criminal.
Pertenece a las madres que perdieron hijos. A los estudiantes que defendieron la educación pública. A los campesinos que soñaban con un Perú menos injusto.
Reducirla únicamente al periodo del terrorismo sería cometer otra injusticia histórica.
El Perú necesita madurar políticamente para comprender sus símbolos en toda su complejidad. La memoria nacional no puede construirse desde el miedo ni desde la ignorancia. Un país serio distingue entre memoria popular y apología criminal. Distinge entre el canto de los caídos y la propaganda de la barbarie.
Y aquí aparece la gran paradoja de Velasco.
El mismo hombre que devolvió tierras a los campesinos terminó enfrentándose, en Huanta, a los hijos de esos mismos campesinos. El líder que quiso dignificar al Perú profundo terminó protagonizando uno de los episodios más dolorosos contra estudiantes pobres. Esa contradicción persiguió para siempre la memoria de su gobierno.
Pero la historia no sirve para destruirnos; sirve para aprender.
La tragedia de Huanta nos recuerda algo esencial: ningún proyecto nacional puede sostenerse disparando contra su propio pueblo. La legitimidad de un Estado no nace únicamente de las reformas, sino también de su capacidad para escuchar, dialogar y corregir.
Como diría Max Weber, el Estado posee el monopolio legítimo de la fuerza, pero esa legitimidad desaparece cuando la violencia deja de proteger ciudadanos y comienza a aplastar inocentes. Y como advertía Hannah Arendt, el poder verdadero no nace del miedo, sino del consentimiento de los pueblos.
Hoy, más de medio siglo después, Huanta sigue siendo una herida abierta, pero también una lección republicana.
La sangre derramada por aquellos jóvenes no debe servir para dividir al Perú eternamente, sino para construir un país donde jamás se vuelva a disparar contra estudiantes que reclaman educación. Un país donde los símbolos populares sean recuperados desde la memoria y no desde el extremismo. Un país donde el patriotismo no signifique obediencia ciega al poder, sino amor profundo por el pueblo.
Porque las naciones grandes no se construyen olvidando a sus muertos. Se construyen honrándolos.
Y quizá algún día, cuando el Perú finalmente logre reconciliarse con toda su historia —la dolorosa, la heroica y la contradictoria— entenderemos que Huanta no fue solamente una protesta estudiantil. Fue el grito desesperado de un Perú pobre que exigía algo elemental: el derecho a aprender, el derecho a soñar y el derecho a existir con dignidad.
Sobre las cenizas de aquellos caídos todavía puede levantarse la gran patria que estamos destinados a ser.
Harry Peralta
Mg. Gobierno y Políticas Públicas