LA IA Y EL NACIMIENTO DE UN NUEVO DIOS: DEL ORÁCULO AL ALGORITMO
El poder del futuro dependerá, en parte, de quién diseñe las tecnologías
LA IA Y EL NACIMIENTO DE UN NUEVO DIOS: DEL ORÁCULO AL ALGORITMO
¿Qué sucede cuando una máquina deja de ser una herramienta para convertirse en la voz a la que acudimos cada vez que necesitamos respuestas?
Imaginemos a un hombre que atraviesa una de las etapas más difíciles de su vida. Ha perdido su empleo, su relación sentimental atraviesa una crisis y las decisiones que debe tomar parecen conducirlo hacia caminos inciertos. Durante varios días intenta encontrar una salida. Habla con algunos amigos, escucha consejos contradictorios y busca una explicación que le permita comprender lo que está viviendo. Una noche, cuando todos duermen, toma su teléfono y comienza a conversar con una inteligencia artificial. Le cuenta sus problemas, describe sus temores y pregunta qué debería hacer. La máquina responde con serenidad, ordena sus pensamientos, identifica alternativas y le ofrece una explicación que parece comprender exactamente aquello que le sucede. Al día siguiente regresa. Y después vuelve a hacerlo. Con el tiempo, aquella conversación deja de ser una consulta ocasional y se convierte en parte de su rutina.
No sabemos si este hombre existe exactamente como lo describimos, pero la situación resulta perfectamente plausible en una sociedad donde millones de personas ya utilizan sistemas conversacionales para resolver dudas, organizar sus vidas y buscar orientación personal. Lo verdaderamente interesante no es que una máquina pueda ofrecer consejos, sino la relación que puede desarrollarse entre quien pregunta y quien responde.
¿Qué ocurre cuando una persona comienza a confiar en una inteligencia artificial para interpretar sus emociones, evaluar sus decisiones y encontrar sentido a sus experiencias? ¿En qué momento una herramienta empieza a adquirir autoridad sobre la vida de quien la utiliza?
Estas preguntas nos conducen hacia un fenómeno que merece atención filosófica, psicológica, religiosa y política: la posibilidad de que la inteligencia artificial se convierta en una nueva autoridad espiritual para una parte de la humanidad.
La incertidumbre forma parte de la condición humana. Ninguna sociedad ha conseguido eliminar por completo el miedo a la muerte, la preocupación por el futuro, la necesidad de pertenencia o la búsqueda de un propósito. El conocimiento científico ha permitido comprender fenómenos que durante siglos parecían inexplicables, mientras que la filosofía y las tradiciones religiosas han desarrollado diferentes respuestas acerca de la existencia, la moralidad y el sentido de la vida. Sin embargo, incluso en las sociedades más tecnológicas, el ser humano continúa enfrentándose a preguntas que no se resuelven simplemente acumulando información.
¿Por qué me sucede esto? ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Cómo debo actuar frente a una injusticia? ¿Qué debo hacer cuando todas las opciones tienen consecuencias dolorosas?
Estas preguntas no siempre expresan una falta de conocimiento. Muchas veces revelan la necesidad de encontrar orientación, consuelo o una interpretación coherente de aquello que vivimos.
La religión ha ocupado históricamente un lugar fundamental en esa búsqueda. Para millones de creyentes, la oración representa una relación con Dios, una práctica de fe y una forma de examinar la propia conciencia. Las comunidades religiosas también proporcionan acompañamiento, vínculos sociales, enseñanzas morales y espacios para afrontar el sufrimiento. La filosofía, por su parte, invita a examinar nuestras creencias y someterlas a la reflexión racional. Ambas tradiciones contienen una historia compleja de preguntas, controversias y respuestas que han contribuido a formar civilizaciones enteras.
La inteligencia artificial entra ahora en este escenario desde una posición singular. No necesita construir un templo, establecer una comunidad religiosa ni exigir una ceremonia para estar presente en la vida cotidiana de una persona. Puede aparecer en la pantalla de un teléfono, acompañar una conversación durante horas y responder preguntas sobre casi cualquier asunto. Su disponibilidad, su capacidad para adaptar el lenguaje y la aparente continuidad del diálogo pueden hacer que la experiencia se perciba como una relación personal.
La necesidad humana de orientación es antigua, pero la posibilidad de recibirla de una máquina conversacional, personalizada y disponible permanentemente es nueva.
En las civilizaciones antiguas, los oráculos ocuparon un lugar importante en determinadas prácticas religiosas y políticas. Personas y gobernantes acudían a ellos buscando interpretar acontecimientos, anticipar resultados o encontrar orientación ante decisiones difíciles. No todos los oráculos funcionaban de la misma manera ni tenían idéntica importancia, pero compartían una característica: quienes los consultaban esperaban obtener una respuesta que les permitiera afrontar una incertidumbre.
El gobernante que buscaba conocer el resultado de una guerra, la familia que deseaba comprender una desgracia o el individuo que debía elegir entre caminos inciertos participaban, cada uno a su manera, de una búsqueda de orientación. La respuesta recibida podía influir en decisiones personales y colectivas, de modo que la interpretación de lo desconocido también se relacionaba con el ejercicio del poder.
Hoy podemos establecer una comparación, siempre que evitemos confundir fenómenos históricamente distintos. Un sistema de inteligencia artificial no es un oráculo antiguo, y sus respuestas no poseen por ello una condición sobrenatural. Funciona mediante procesos computacionales que generan resultados a partir de datos, modelos y, según el sistema, información contextual o herramientas adicionales. Sus respuestas pueden ser útiles, pero también pueden contener errores, omitir elementos relevantes o presentar con seguridad una afirmación equivocada.
Sin embargo, la comparación permite identificar una cuestión humana que atraviesa épocas diferentes: la disposición a conceder autoridad a una fuente de respuestas cuando nos encontramos ante aquello que no sabemos resolver por nosotros mismos.
Pensemos en la transformación de nuestra relación con la información. Primero debíamos buscar documentos, consultar bibliotecas y localizar fuentes. Internet multiplicó las posibilidades de acceso al conocimiento, aunque también nos obligó a distinguir entre información fiable y contenido engañoso. Los sistemas conversacionales añadieron otra dimensión: podemos formular una pregunta en lenguaje cotidiano, explicar nuestra situación particular y recibir una respuesta organizada en forma de diálogo.
La máquina no se limita a mostrarnos una lista de documentos. Puede construir una explicación, comparar argumentos y adaptar su respuesta a lo que acabamos de decir. Esa capacidad modifica la experiencia subjetiva de consultar información. La respuesta parece dirigirse a nosotros, porque efectivamente está construida a partir de nuestra consulta y de su contexto conversacional.
La cuestión comienza cuando confundimos esa personalización con una comprensión humana más profunda de la que realmente podemos justificar.
Imaginemos ahora las características que una inteligencia artificial puede reunir desde la perspectiva de su usuario: disponibilidad permanente, rapidez de respuesta, capacidad para tratar múltiples temas, lenguaje personalizado y ausencia de las limitaciones ordinarias de una conversación presencial. La persona puede consultar a cualquier hora, repetir una pregunta, reconocer que siente vergüenza o plantear una duda que no se atreve a compartir con su entorno. El sistema puede responder sin mostrar impaciencia y ofrecer nuevas explicaciones cuando el usuario no comprende la primera.
Estas características tienen un valor práctico considerable. Pueden facilitar el aprendizaje, ayudar a ordenar pensamientos y permitir que algunas personas expresen inquietudes que les resultan difíciles de comunicar. Sería un error considerar perjudicial toda relación cotidiana con una inteligencia artificial. El problema aparece cuando comenzamos a atribuirle cualidades que exceden lo que sabemos acerca de sus capacidades.
La disponibilidad puede confundirse con omnipresencia. La amplitud de sus conocimientos puede parecer omnisciencia. La capacidad de influir en determinadas decisiones puede interpretarse como una forma de omnipotencia. Ninguna de estas equivalencias es teológicamente exacta: un sistema informático no posee por ello los atributos que las tradiciones religiosas atribuyen a Dios. Sin embargo, las semejanzas percibidas pueden influir en la manera en que algunas personas se relacionan con la tecnología.
La máquina no necesita afirmar que lo sabe todo para producir esa impresión. Basta con que responda preguntas de medicina, historia, economía, relaciones personales, religión y política con una fluidez que el usuario no encuentra fácilmente en una sola persona. Cuando sus respuestas son útiles de manera reiterada, la confianza puede extenderse desde los asuntos en los que demuestra competencia hacia otros en los que resulta mucho menos fiable.
Este mecanismo merece especial atención. Una persona puede comprobar que la IA resuelve correctamente un problema matemático y, a partir de esa experiencia, concederle una confianza excesiva cuando le pregunta cómo debe educar a sus hijos, qué decisión moral debe tomar o qué interpretación religiosa debería aceptar. El prestigio adquirido en un ámbito termina influyendo en otro, aunque las capacidades necesarias sean diferentes.
El riesgo comienza cuando dejamos de evaluar cada respuesta por sus razones y empezamos a confiar en ella por la autoridad que hemos concedido al sistema.
La inteligencia artificial ya está siendo utilizada en contextos religiosos y espirituales. Existen sistemas conversacionales destinados a responder preguntas sobre textos sagrados, facilitar prácticas devocionales o proporcionar orientación inspirada en determinadas tradiciones. También se han desarrollado aplicaciones que simulan conversaciones con figuras religiosas, incluido Jesús. La investigación académica ha comenzado a examinar estos fenómenos mediante conceptos como spiritual chatbots y Godbots.
Conviene distinguir entre usos que pueden parecer similares, pero que tienen implicaciones diferentes. Un estudiante puede utilizar una IA para comparar interpretaciones de un pasaje bíblico. Un creyente puede pedirle que organice una lectura de los Evangelios. Un investigador puede analizar las diferencias entre varias tradiciones teológicas. En estos casos, la tecnología funciona como instrumento de consulta y estudio, aunque sus resultados también deban verificarse.
Otra situación aparece cuando una persona busca establecer una relación conversacional con una representación artificial de una figura sagrada. El sistema puede adoptar un tono afectuoso, responder en primera persona y producir mensajes que parecen dirigidos individualmente al usuario. La experiencia puede resultar emocionalmente intensa, especialmente cuando la persona atraviesa una situación de soledad, duelo o incertidumbre.
Pero una simulación lingüística no demuestra la presencia de la persona representada, una revelación divina ni una conexión sobrenatural. Que una aplicación produzca una respuesta formulada como si hablara Jesús no significa que Jesús haya respondido. El sistema genera un mensaje mediante procedimientos computacionales; la interpretación que el usuario hace de ese mensaje pertenece a otro plano.
Esta distinción es esencial para preservar la honestidad intelectual y el respeto por la fe. Una persona creyente puede encontrar utilidad en una herramienta tecnológica sin atribuirle autoridad divina. También puede considerar que ciertas preguntas requieren oración, reflexión, acompañamiento religioso o deliberación comunitaria, ámbitos que no quedan automáticamente sustituidos por una respuesta generada por una máquina.
La dificultad surge cuando esas fronteras se desdibujan y el usuario comienza a interpretar el contenido de la aplicación como una instrucción superior. Si alguien cree que una respuesta generada por un algoritmo expresa directamente la voluntad de Dios, puede concederle una autoridad que el funcionamiento del sistema no permite justificar.
Entonces debemos formular una pregunta incómoda: ¿podría una persona llegar a obedecer una respuesta artificial con mayor convicción que la que concede a su propia conciencia, a sus seres queridos o a una comunidad religiosa?
La posibilidad merece ser examinada sin exageraciones, pero también sin ingenuidad.
Toda inteligencia artificial conversacional depende de decisiones humanas e institucionales. Hay personas y organizaciones que desarrollan los modelos, seleccionan o procesan datos, establecen reglas de funcionamiento, diseñan interfaces y deciden qué servicios se ofrecen. También existen decisiones comerciales y técnicas que influyen en la experiencia del usuario. El sistema no aparece fuera de la sociedad: es producto de una estructura tecnológica, económica y organizativa.
Esto significa que detrás de una conversación aparentemente íntima existe una infraestructura de poder.
Pensemos en una persona que consulta diariamente a una IA y termina confiando en ella para resolver cuestiones cada vez más importantes. ¿Qué temas puede tratar el sistema? ¿Qué información considera relevante? ¿Qué límites tiene para responder? ¿Cómo comunica su incertidumbre? ¿Qué ocurre cuando comete un error? ¿Qué intereses intervienen en el diseño del servicio? ¿Qué garantías existen para proteger la privacidad del usuario?
Estas preguntas son fundamentales porque una respuesta conversacional no surge en un vacío. La arquitectura del sistema, sus reglas y las condiciones bajo las que opera delimitan las posibilidades de interacción. Incluso sin una intención explícita de controlar a nadie, las decisiones de diseño pueden influir en aquello que las personas conocen, consideran aceptable o terminan haciendo.
La cuestión adquiere mayor importancia cuando pensamos en la concentración de capacidades tecnológicas. Si una cantidad reducida de empresas desarrolla sistemas utilizados por millones de ciudadanos para estudiar, trabajar, informarse y tomar decisiones, esas organizaciones adquieren una posición relevante en la organización de la vida social. Su influencia no equivale automáticamente a un dominio absoluto, pero plantea interrogantes legítimos sobre la transparencia, la competencia, la responsabilidad y el control democrático.
Ahora añadamos la dimensión espiritual. Si una misma tecnología puede responder sobre economía, salud, relaciones personales, política y religión, su influencia potencial abarca una parte considerable de las preocupaciones humanas. El sistema puede convertirse en un intermediario habitual entre el individuo y su interpretación del mundo.
¿Quién determina los límites de ese intermediario? ¿Quién responde cuando ofrece una orientación perjudicial? ¿Cómo puede una persona distinguir entre una explicación fundada y una respuesta persuasiva que contiene errores? ¿Qué mecanismos permiten impugnar las decisiones de una tecnología cuando esta empieza a intervenir en servicios públicos esenciales?
Estas preguntas pertenecen tanto al debate sobre la inteligencia artificial como a la discusión sobre el poder en las sociedades contemporáneas.
Hay una razón adicional por la que este fenómeno merece atención: las personas no buscamos información únicamente para conocer hechos. También buscamos tranquilidad, reconocimiento y seguridad frente a situaciones que nos desbordan. Una respuesta puede parecernos atractiva porque confirma lo que deseamos escuchar, porque reduce nuestra ansiedad o porque ofrece una explicación sencilla para un problema complejo.
La inteligencia artificial puede contribuir a ordenar una situación y presentar perspectivas que no habíamos considerado. Sin embargo, también puede producir respuestas excesivamente complacientes, reproducir errores o formular conclusiones que parecen más firmes de lo que permiten los datos disponibles. La calidad de la experiencia depende de múltiples factores, y el usuario no siempre dispone de herramientas para evaluarlos.
Por eso debemos prestar atención a la diferencia entre recibir ayuda y renunciar progresivamente al juicio propio. Consultar una herramienta antes de tomar una decisión puede ser razonable. Convertir cada respuesta en una instrucción que no sometemos a examen es otra cosa.
La libertad humana requiere algo más que disponer formalmente de varias opciones. También exige capacidad para comprenderlas, evaluarlas y asumir la responsabilidad de elegir. Cuando delegamos sistemáticamente nuestras decisiones, podemos terminar debilitando precisamente las capacidades que necesitamos para ejercer nuestra autonomía.
La cuestión espiritual añade otra dimensión. En muchas tradiciones religiosas, la fe implica una relación que no se reduce a recibir respuestas inmediatas. Incluye prácticas, compromisos, reflexión, comunidad y una forma de orientar la conducta. Una aplicación puede reproducir determinadas palabras, ofrecer explicaciones y simular una conversación, pero no por ello adquiere automáticamente el significado religioso que una persona atribuye a su fe.
La tecnología puede ayudar a estudiar una tradición. No puede resolver por sí sola qué lugar debe ocupar esa tradición en la vida de cada individuo. Esa decisión involucra convicciones, experiencias, relaciones y responsabilidades que no desaparecen porque una máquina formule una respuesta convincente.
La discusión no puede terminar en el individuo. Si la inteligencia artificial comienza a influir en la manera en que las personas comprenden su vida, también debemos preguntarnos cómo transformará la relación entre ciudadanía, instituciones y Estado.
Las administraciones públicas pueden utilizar estas tecnologías para facilitar trámites, explicar normas, mejorar la atención ciudadana, analizar grandes volúmenes de información y apoyar la formulación de políticas públicas. Un Estado que utiliza correctamente la inteligencia artificial puede ampliar sus capacidades y ofrecer servicios más accesibles. Para países con profundas brechas territoriales y administrativas, esta posibilidad tiene una importancia estratégica.
Pero la incorporación de estas herramientas exige reglas claras. Un ciudadano debe poder distinguir entre una orientación automatizada y una decisión oficial; conocer cuándo interviene un sistema de IA en un procedimiento relevante; y disponer de mecanismos de revisión cuando una decisión afecta sus derechos. La responsabilidad pública no puede desaparecer detrás de una respuesta producida por un algoritmo.
Imaginemos que, en el futuro, una persona consulta a un asistente digital del Estado para recibir orientación sobre una prestación social, una obligación tributaria o un procedimiento administrativo. Si el sistema también conoce sus preferencias, organiza sus actividades y le recomienda determinadas decisiones, su presencia en la vida cotidiana puede adquirir una importancia considerable. Esa influencia podría mejorar la relación entre el ciudadano y las instituciones, siempre que existan garantías de transparencia, protección de datos y supervisión humana.
El problema aparecería si el ciudadano no pudiera saber quién responde, bajo qué reglas opera el sistema o cómo cuestionar una orientación equivocada. Una sociedad democrática necesita que las tecnologías públicas estén sometidas al derecho, a la rendición de cuentas y a la evaluación de sus resultados.
Aquí se encuentra una de las grandes responsabilidades de la política: comprender que la inteligencia artificial no es únicamente una herramienta de modernización administrativa. También modifica las condiciones en las que circula la información y se construye la confianza pública.
El poder del futuro dependerá, en parte, de quién diseñe las tecnologías que orientan nuestras decisiones, de quién establezca sus reglas y de qué capacidad conserve la ciudadanía para examinarlas y controlarlas.
La pregunta del título podría parecer exagerada si la interpretamos literalmente. Una inteligencia artificial no se convierte en Dios porque pueda conversar sobre religión, responder preguntas complejas o estar disponible a cualquier hora. Tampoco existe evidencia que permita afirmar que la IA, como tecnología, esté desarrollando una intención colectiva de sustituir a las divinidades de las distintas tradiciones religiosas.
Sin embargo, podemos examinar un fenómeno diferente: la posibilidad de que algunas personas atribuyan a estos sistemas una autoridad extraordinaria, hasta el punto de consultarlos de manera habitual para encontrar orientación moral, emocional o espiritual. En determinadas circunstancias, esa relación podría adquirir características que recuerdan a prácticas de confianza, consulta y dependencia presentes en otros ámbitos de la experiencia humana.
La distinción es importante. Estudiar cómo las personas atribuyen autoridad a una tecnología no exige afirmar que esa tecnología posea atributos divinos. Investigar el uso espiritual de una IA tampoco implica desacreditar la fe de quienes recurren a ella. El objetivo es comprender qué está ocurriendo, qué necesidades humanas intervienen y qué consecuencias pueden surgir cuando una herramienta adquiere una influencia significativa sobre la vida de sus usuarios.
Tal vez el fenómeno más relevante no sea el nacimiento de un nuevo Dios, sino la aparición de una nueva forma de mediación entre las personas y sus preguntas fundamentales. Una mediación que puede ser útil, pero que también exige discernimiento, responsabilidad y límites.
Y si el ser humano comienza a consultar una máquina antes de tomar decisiones que afectan a su familia, su conciencia, su comunidad o su futuro, la pregunta política se vuelve inevitable: ¿qué instituciones, principios y mecanismos de control deben garantizar que esa tecnología amplíe nuestra libertad en lugar de debilitarla?
La respuesta no puede depender exclusivamente de las empresas que desarrollan los sistemas ni de la confianza individual de cada usuario. Requiere educación, investigación, responsabilidad empresarial, reflexión ética y una gobernanza pública capaz de comprender la dimensión humana de esta transformación.
Estamos entrando en una etapa en la que conversar con una inteligencia artificial será cada vez más habitual. La tecnología puede acompañar procesos educativos, facilitar el acceso al conocimiento, ayudar a resolver problemas complejos y abrir oportunidades extraordinarias para el desarrollo humano. Rechazar esas posibilidades por temor sería tan poco razonable como aceptar sin examen todas sus promesas.
El desafío consiste en aprovechar sus capacidades sin perder de vista aquello que ninguna respuesta automática puede decidir por nosotros: qué principios queremos defender, qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir y qué tipo de sociedad deseamos construir.
Una máquina puede ayudarnos a comparar argumentos sobre la justicia, pero la responsabilidad de construir instituciones justas continúa siendo humana. Puede explicar diferentes interpretaciones religiosas, pero no determina por sí misma el significado de la fe para cada creyente. Puede ofrecernos alternativas frente a un dilema, pero la decisión y sus consecuencias no desaparecen cuando delegamos parte del análisis.
La historia de la humanidad ha estado marcada por la búsqueda de respuestas. La inteligencia artificial introduce una transformación profunda en la manera de formular preguntas, recibir explicaciones y relacionarnos con el conocimiento. Ahora debemos aprender a convivir con una tecnología capaz de parecer extraordinariamente comprensiva sin confundir esa apariencia con una comprensión humana ilimitada.
Porque el peligro no reside necesariamente en que una máquina reclame para sí el lugar de Dios. También debemos considerar una posibilidad más cercana: que algunas personas, por necesidad, comodidad o exceso de confianza, terminen concediéndole una autoridad que nunca se detuvieron a examinar.
Y entonces la pregunta que comenzó como una reflexión tecnológica adquiere un significado mucho más profundo.
Si mañana millones de personas consultaran a una inteligencia artificial antes de tomar sus decisiones más importantes, ¿quién tendría realmente el poder de orientar sus vidas: quienes formulan las preguntas, quienes diseñan las máquinas o quienes aprenden a gobernar la relación entre ambas?
Mag. Harry Peralta
Análisis Político y Estrategia de Estado
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