EDITORIAL

La legitimidad como punto de partida para reconstruir la RepĂșblica

Por: RedacciĂłn El Patriota | Publicado el: 14/04/2026
La legitimidad como punto de partida para reconstruir la RepĂșblica

Porque sabemos que el PerĂș no es homogĂ©neo. Es, como dirĂ­a JosĂ© MarĂ­a Arguedas, un paĂ­s de “todas las sangres”. Y esa diversidad, lejos de ser una debilidad, es nuestra mayor riqueza si sabemos integrarla polĂ­ticamente

La legitimidad como punto de partida para reconstruir la República

En tiempos de polarización intensa, es necesario recordar una verdad incómoda: ninguna verdad individual es absoluta, como tampoco lo es el voto que la expresa. Cada ciudadano ha decidido desde su propio contexto social, desde sus miedos o esperanzas, desde su ubicación en la estructura económica, cultural y territorial del país. Pretender que una sola visión, o un voto para tal o cual candidato agote la complejidad del Perú es un error intelectual.

Desde la ciencia política, sabemos —como lo advirtió Max Weber— que la legitimidad no se reduce a la legalidad. No basta con ganar; es necesario que el poder sea reconocido como válido por la sociedad. John Rawls nos recuerda que una democracia estable requiere un “consenso traslapado”, es decir, acuerdos mínimos entre ciudadanos que piensan distinto pero comparten reglas de justicia. Y en la tradición republicana, pensadores como Nicolás Maquiavelo y Mauricio Viroli enfatizan que la fortaleza de la república radica en la virtud cívica y en la capacidad de anteponer el bien común a la facción.

Hoy, más que nunca, el Perú enfrenta ese desafío histórico.
Quienes pasen a una eventual segunda vuelta no solo deberán exhibir legitimidad electoral —el conteo de votos—, sino también legitimidad social, entendida como la capacidad de representar a sectores diversos del país; legitimidad territorial, que implica presencia y reconocimiento en regiones históricamente excluidas; legitimidad programática, basada en propuestas coherentes y viables; y legitimidad moral, que se sustenta en la integridad, la transparencia y la conducta pública de los candidatos.

Sin estas dimensiones, cualquier victoria será frágil. Y un gobierno sin legitimidad amplia no gobierna: administra conflictos hasta que estos lo desborden. Ya lo hemos vivido hasta el cansancio, especialmente los últimos 10 años.

En este punto, la evidencia empírica refuerza el argumento. En estos precisos momentos, con el 76% de actas contabilizadas, la candidata que encabeza la fórmula presidencial alcanza aproximadamente 2 millones 250 mil votos. De mantenerse esta tendencia, proyecta un resultado final cercano a los 2 millones 960 mil votos. Es decir, quien lidera la contienda apenas representaría alrededor del 8.7% del total de los 34 millones de peruanos.

Este dato evidencia con claridad que la legitimidad electoral, aunque válida, resulta insuficiente por sí sola para sostener un proyecto de gobierno. Se requiere, entonces, construir —con urgencia y responsabilidad histórica— legitimidad social, territorial, programática y moral que permita gobernar no solo para una fracción, sino para el Perú en su totalidad.

Charles Tilly nos enseñó que los Estados se construyen en la interacción constante entre gobernantes y ciudadanos. No hay Estado fuerte sin ciudadanía integrada. (Y si no están integrados, construyes, unificas e integras). No hay gobernabilidad sin confianza. Y no hay confianza sin reconocimiento mutuo.

Por su parte, Amartya Sen aporta una dimensión clave: el desarrollo no es solo crecimiento económico, sino expansión de capacidades humanas. Debe ser: desarrollo económico igual a progreso humano. Un gobierno legítimo debe ser capaz de ampliar libertades y derechos reales, no solo prometerlas.

Por eso, el verdadero desafío que enfrenta el Perú no es simplemente elegir autoridades, sino reconstruir el vínculo social que hace posible la política. Ese vínculo solo puede edificarse desde nuestras coincidencias: el rechazo a la corrupción, el anhelo de seguridad, la aspiración de justicia y dignidad para todos. Pero también exige algo más difícil: empatía con el otro, respeto por la diferencia y apertura al diálogo.

Porque sabemos que el Perú no es homogéneo. Es, como diría José María Arguedas, un país de “todas las sangres”. Y esa diversidad, lejos de ser una debilidad, es nuestra mayor riqueza si sabemos integrarla políticamente.

La segunda vuelta, entonces, no debe ser una guerra de aniquilación moral entre adversarios, sino una oportunidad para ensanchar la base de legitimidad del próximo gobierno. Un momento para que los candidatos demuestren que pueden representar no solo a quienes votaron por ellos, sino también a quienes desconfían, dudan o discrepan.

Dicho esto, el Perú no solo necesita vencedores solitarios. Necesita liderazgos capaces de construir mayorías éticas, sociales y políticas. Liderazgos que comprendan que gobernar no es imponer, sino articular, unir e integrar.

Solo así podremos estar a la altura del mandato histórico que tenemos: construir, por fin, un Perú donde todas las sangres no solo coexistan, sino se reconozcan como parte de un mismo destino republicano.

IlustraciĂłn Patriota

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